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'Un billete de ida' 
Texto escrito en el año 2015 para el artículo del libro Malofiej 22 'Infografistas españoles en el exilio', de Ángela Santafé, en el cual se incluyeron algunos párrafos. 


La decisión estaba tomada antes de recibir la oferta profesional. Fue Buenos Aires, pero habría aceptado -casi- cualquier otro destino. De hecho habría preferido algo más ‘exótico’. Esa fue una de las principales decepciones al llegar a la que sería mi nueva casa. Todo me parecía demasiado conocido. Más tarde descubrí que solo era una apariencia y que el realismo mágico llega hasta el cabo de Hornos.

Desde niño soñaba con conocer mundo. Viajar, vivir nuevas realidades, nuevas experiencias, para, y por sobre todas las cosas, ampliar el único capital que puedes construir y que nadie ni nada puede arrebatarte: aprender. No me refiero a aprender infografía, se me hace algo ridículo irse a vivir a la capital más austral del mundo solo para eso, hablo de aprender como un fin en si mismo. Aunque estaba y estoy convencido que una persona más rica deviene en un profesional más rico.

Era el año 1995 y muchas eran las diferencias con la actualidad. Me doy cuenta -solo ahora que me piden este texto- que eran singulares los colegas que habían emprendido un camino similar. Todo estaba más lejos sin Whatsapp, Facebook o Skype, de hecho sin teléfono móvil ni Internet, pero las condiciones económicas hacían menos necesarias tales cosas. En aquel momento también estábamos en España en lo que llaman una crisis económica, pero no me fui por necesidad, era Redactor Jefe de uno de los grandes diarios españoles y pude negociar unas condiciones económicas y profesionales envidiables.

Buenos Aires era una sociedad con una gran tradición y cultura periodística (una señal para interesados: ‘Operación Masacre’ de Rodolfo Walsh, primera novela de no ficción, precursora del Nuevo Periodismo. Publicada en 1957, casi diez años antes que el venerado ‘A sangre fría’ de Truman Capote) a la que, sin embargo, la infografía no había llegado. En ese sentido no habían profesionales de los que aprender o con los que compartir. No había competencia con la que medirse y crecer.

Sin interlocutores que comprendiesen que había ido a hacer allá, los primeros meses en Clarín resultaron de una solitud profesional devastadora. Parecía un error. Hasta que una mañana, en que llegue al diario más temprano de lo habitual, tuve una visión: contemplando desde mi escritorio la enorme, diáfana y destartalada redacción, el mobiliario se desvaneció lentamente y luego los muros y estructuras arquitectónicas y finalmente las personas se esfumaron también, una a una. Y entonces quede solo frente a la Pampa, ese vértigo horizontal como lo denominaba Borges. Ningún límite puesto por el hombre a la vista en una tierra fértil que ofrece dos cosechas al año y donde las reses se cuentan en decenas de miles. Y entendí el mensaje, una clara metáfora del paisaje profesional bonaerense: un basto espacio preñado de grandes profesionales del diseño, la ilustración y el periodismo. Un reto único. Una posibilidad de replantearme, de desplazar las estacas, las vallas, los límites, las convenciones, los criterios sobre los que se estaba asentando la infografía periodística en el resto del mundo.

De ese repensarse nacieron muchas conclusiones útiles y lo que luego se conoció como ‘estilo Clarín’ que, en realidad, no es un estilo si no un concepto: considerar la estética como ética, o, dicho de otro modo, la forma como contenido. Un ‘no estilo’. También me ofreció la posibilidad de experimentar en un estilo narrativo, temático y gráfico de autor. Un estilo personal para una herramienta poco dada a la subjetividad. El experimento resulto un éxito, que hoy, tantos años después, todavía me persigue.

No fue sencillo. Clarín era un monstruo que vendía más de un millón doscientos mil  ejemplares diarios, con un promedio de ciento veinte páginas, trece suplementos semanales, cerca del 60% de sus páginas de publicidad… Por ello era también complejo manejarse en su enorme estructura y, finalmente y no menor, en una cultura extraña para mi –pese a las apariencias y el idioma-. Fue un autentico master profesional y humano. Sin Clarín habría naufragado posteriormente en otros mares como Tele5Corriere della SeraGazzetta dello Sport, Il Sole 24 o La Vanguardia, entre otros.

No se si lo pensé antes o fue una reflexión sobre los hechos (el pasado tiene la virtud de poder ser reinventado constantemente) pero creo que irse a un gran medio de la periferia –en Argentina la sensación de estar lejos de todo es una realidad- fue, también, una estrategia profesional. Por entonces y quizás esta sea una diferencia con la actualidad, desembarcar en alguna de las capitales económicas del mundo –en general anglosajonas- era someterse. Someterse al modo de hacer de los ‘desarrollados’, a ser el hispano, a una competitividad donde puedes dejarte lo esencial de la vida en el empeño. La estrategia de abordar el centro desde la periferia funcionó. El norte se fijó en nosotros a base de un modo distinto de entender y hacer con calidad y de difundirlo dentro de la profesión en una época sin redes sociales. Un año después de aterrizar tenía sobre mi mesa ofertas de El Mundo, –una verdadera potencia infográfica en aquel momento- El País, The Washington Post, The New York Times o Time Magazine, entre otros. Un sueño. Decidí quedarme. Me pareció que esos nombres, impactantes en cualquier curriculum, me habrían quitado la libertad de acción de la que disponía. Alcanzado el deseo deje de desearlo y empecé a construir un completo curriculum Bartleby del ‘preferiría no hacerlo’. 

De modo similar a lo que me sucedió profesionalmente, internamente descubrí que los parámetros de conducta y juicio personales se hacían laxos, propensos a ser revisitados y modificados. En Buenos Aires me sentí liberado, pero eso habría sucedido en muchos otros lugares. Por que probablemente la situación ideal consista en ser extranjero: tomas lo bueno del lugar y abandonas –aunque sea un rato- la carga que llevas contigo. De hecho creo que por dejar de ser extranjero me fui.

El vínculo que establecí con Argentina es profundo, mucho más allá de los profesional y procuro ir al menos una vez por año para reencontrarme con amigos y lugares.

Pero nadie me advirtió de que lo verdaderamente duro y difícil, cuando no imposible, es volver. Regresar, tras cierto periodo de tiempo, es sencillamente imposible. Volver se convierte en un viaje a la fantasía, que es donde reside el pasado. Por eso mi viaje empezó en Argentina y tras varios países más y instalado de nuevo en Barcelona, es irreversible.

En una época en la que muchos jóvenes se ven forzados a dejar España para buscar una vida mejor en otras tierras puedo comprender que se pueda vivir con cierto tono dramático, sin embargo me parece una de las mejores experiencias que se puedan tener. En esta época en la que hemos liquidado todos los ritos iniciáticos sin reponerlos por otros, quizás este podría ser uno a implementar. De hecho en algunas culturas esto es así: al terminar la universidad y antes de encarar una vida profesional, los jóvenes se dan una vuelta. Los mormones suelen irse a vivir un año en misión apostólica a algún lugar del planeta, no importa cual. Así me lo explico aquel mormón pelirrojo que se había pasado un año en La Coruña y que, en su oficina de concesionario Dólar Rent a Car en las afueras de Las Vegas, me lo dejó claro: ‘esto es América, no debes entender las cosas, solo acéptalas’, fue un poco más al sur donde lo puse en práctica. Una de las mayores lecciones que aprendí.


Collage fotográfico, en mi libro de bocetos, del escritorio que ocupaba al llegar a Clarín